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CAPITULO 1 - Mercedes Palmer


Para el viajero que por primera vez se adentra en las austeras tierras del norte, lo primero que percibe es el intenso aroma de la tierra mojada, el  límpido azul cerúleo de su cielo y las esponjosas nubes que lo navegan. Los bosques de abetos  se alternan con los hercúleos robles a ambos lados de la carretera, que sin avisar se tuerce, desvelando acantilados salvajes pulidos lentamente por la lluvia, el viento y el oleaje. Más allá, se perfila un litoral más suave que anuncia las largas playas; grandes extensiones de arena lamida por las mareas, y a veces entrecortada por encrespados riscos y puertos de una belleza serena y melancólica.

El carruaje traqueteaba atravesando aquel bello paisaje. En su interior, Melissa sin embargo no lo percibía; protegida bajo su gruesa capa de la fría humedad de aquella temprana hora, iba sumida en sus pensamientos, en la angustia creciente a lo desconocido y a la incertidumbre que le provocaba la nueva etapa de su vida que estaba a punto de comenzar. Sus recuerdos se agolpaban insidiosos en su mente, y aunque quisiera evitarlo, allí seguían inamovibles y hostigadores. Sin embargo desde hacia un tiempo iba soportando mejor aquel acoso, el dolor se mitigaba poco a poco, si bien sabía que jamás desaparecería del todo.

Los años pasados en el asilo para dementes de “Le Vinatier” y posterior convalecencia en casa de su hermano, la habían convertido en una mujer que ya no podía amar ni odiar a nadie. Era totalmente insensible al sufrimiento ajeno, y en los últimos tiempos casi había olvidado el suyo propio,  tan arraigado estaba en su corazón y en su razón. Durante los últimos tres años  la felicidad había huido de su vida; la cual había organizado alrededor de pequeñas culpas y reproches, de sentimientos contradictorios, y atribuyéndose resignadamente la tragedia que había arruinado la vida a tantas personas. Había pasado tanto tiempo en soledad y enclaustrada en su mundo, que no podía mirar el sol de frente sin pestañear. Perdida la capacidad de amar y de relacionarse con sus semejantes, caía frecuentemente en el retraimiento y en la incapacidad de encontrar palabras para expresarse, cuando por deber a las normas sociales tenía que hablar con cualquier persona. Había convertido el silencio en su refugio.

Por eso había aceptado sin pensar, el trabajo que le ofrecieron en casa de los Lioncourt; una antigua y rancia familia del norte de Bretaña. Su trabajo seria ocuparse de Amélie, la hija sordomuda del Barón de Lioncourt; una joven de catorce años a quien daría clases de piano al tiempo que seria su dama de compañía. Lo cual implicaba no tener que hablar demasiado y tampoco tener que escuchar parloteos innecesarios.

 Aun no entendía como con su historial le habían dado el trabajo, pero había que reconocer que los contactos de su hermano, se alargaban como tentáculos a través de todo el país.

Melissa apoyó la cabeza en el ventanuco del carruaje, el sol empezaba a despejar la niebla y agradeció su agradable caricia. Sonrió al acordarse de un poema que le escribió Jacques y cerró los ojos para recordarle. Sin embargo no pudo ver su rostro, y le horrorizó el pensar que algún día pudiera olvidarse de él por completo; dejar de oír su voz, de percibir su olor prendido en su piel, de sentirle…  Cuan difícil era olvidarse de aquel joven poeta entusiasta, algo tímido, sensible y refinado. Un amante atento y sensual en cuyos brazos descubrió el placer que nunca había conocido.  La liberó de prejuicios y temores, y la convirtió en la mujer que nunca había sido. Porque con Guy de Blanchard — su marido— era todo muy diferente, ni siquiera se desnudaba completamente cuando tenía que intimar con ella, y cumplía simplemente como era su deber. Criado en una familia de férreos valores morales y religiosos, había crecido encerrado en si mismo e incapaz de exteriorizar cualquier emoción. Era un hombre tristemente reprimido. A Melissa la obligaron a casarse con Guy de Blanchard por razones familiares, y aunque sabia que al final él había llegado a quererla, ella jamás seria capaz de amarle.

A Jacques le conoció en una fiesta en casa de su hermano…era su mejor amigo. Cuando los presentaron, una reacción química les sacudió, fue como si una tormenta estallara sobre ellos. Se enamoraron al instante. A partir de aquella noche no paró de mandarle notas insistiendo en una cita. Ella al principio lo rehusaba, se sentía incluso ofendida pues parecía no respetar el hecho de que fuese una mujer casada.  Pero al final, inevitablemente se rindió y se lanzó a sus brazos sin pensar… feliz.

El romance duró unos meses, los más intensos de su vida. Solían verse en el antiguo molino que había junto al rio, la zona preferida de su marido para ir a cazar, pero ella no lo sabía.  Allí pasaban tardes enteras amándose y leyendo poesía, y en una de esas tardes, Guy entro en el molino refugiándose de la lluvia y allí los encontró. Jamás olvidaría su rostro; palideció de repente pero no dio muestras de ira o dolor, su rostro permaneció impávido, a ella ni la miró. Cabía esperar que allí mismo se desencadenara una tragedia, pero lo único que hizo fue retar a Jacques a un duelo.

La mañana del mismo, Melissa no paraba de dar vueltas por el salón  retorciéndose las manos, y al borde del colapso nervioso esperando noticias. Cuando por fin entro la sirvienta, cogió con manos temblorosas la nota que le entregó, y antes de perder el sentido pudo leer: “Jacques ya no existe”.

A partir de aquel día Guy le asignó un dormitorio para ella sola, no volvió a dirigirle la palaba, la ignoró por completo como si nunca hubiera existido. Melissa atormentada por el dolor de la perdida, la culpa, y el rechazo de todos, acabó enfermando y al final perdió la razón. Su hermano fue el único que se apiadó de ella; la internó en el sanatorio, y el único también que se mantuvo a su lado durante el largo periodo  de convalecencia.

Un movimiento brusco del carruaje la sacó de su ensimismamiento y sacó la cabeza por la ventana. Ante ella se alzaba la magnifica mansión de los Lioncourt. En la escalinata de entrada la esperaban dos sirvientas que recogieron su equipaje rápidamente, y el ama de llaves, una mujer enjuta de piel grisácea y aspecto severo. Iba pulcramente vestida de negro y el pelo recogido impecablemente en un moño, pero algo en ella rezumaba un cierto desaseo que no pudo precisar.

—Bienvenida señorita…

—Grosvenor, Melissa Grosvenor. —Contesto Melissa un tanto incomoda.

—Espero que haya tenido un buen viaje señorita Grosvenor.

—En realidad soy señora… el viaje ha ido bien a pesar del frio. Gracias señora… —Melissa se dio cuenta que sus contestaciones eran un poco ásperas, tendría que aprender a controlar su aversión a mantener una conversación por simple que fuera, y a mostrarse algo más agradable.

—Puede llamarme señora Moreau. —contesto la inquietante mujer. —Y ahora si me acompaña…

Se dio la vuelta y subió la escalera con estudiada e inusitada calma, mientras Melissa la seguía al interior de la casa.

La condujo hasta su habitación en el segundo piso donde su equipaje ya la aguardaba  Era una habitación sencilla pero  muy acogedora.

—El almuerzo es las doce en punto. El comedor esta a la izquierda del vestíbulo que hemos cruzado. Mañana le enseñaré la casa más detalladamente. La cena es a las siete en punto y el señor no la recibirá hasta entonces. —Recitó la señora Moreau como un autómata.

— ¡Oh! Bien… entonces veré a la señorita Amélie. —Contestó Melissa sorprendida.

—La verá también en la cena, esta mañana se encuentra algo indispuesta. Si quiere puede dar una vuelta por la casa y por el jardín. Si me necesita, solo tiene que hacer sonar cualquier campanilla de las que están repartidas por la casa. —Con una leve inclinación de cabeza se retiró con gesto soberbio.

.

Al quedarse sola, Melissa decidió cambiarse la ropa de viaje por algo más cómodo. Se puso un grueso vestido de lana que poco tenia de elegante o atractivo, pero el frio y la humedad de aquel lugar la estaban matando. A continuación, bajo la amplia escalera de mármol blanco con la intención de salir al jardín, parecía que el sol brillaba y necesitaba su calor. Pero una vez en el vestíbulo  y asombrada por la opulencia que la rodeaba, decidió fisgar un poco. En el lado opuesto de donde se hallaba el comedor, había una puerta entreabierta por la que se filtraba una tenue luz. Era la biblioteca; una habitación inmensa con estanterías que acariciaban el techo. Se accedía a las más altas por un sistema de escaleras y pasarelas ingeniosamente combinadas, que recorrían  el frontal de las mismas, a lo largo de toda la habitación. No había ventanas, las paredes habían sido aprovechadas al máximo y la única luz provenía de un quinqué, que alumbraba tímidamente desde un escritorio en el centro de la habitación. El mobiliario era escaso. Además de dicho escritorio, sólo había un par de butacones, una mesita de te y una mullida alfombra oriental. Pero en la pared norte se había dejado un pequeño hueco; sobre la chimenea, un cuadro parecía presidir aquel templo a la sabiduría. Melissa se acercó para contemplarlo de cerca; se trataba del retrato de un hombre joven, guapo, de rasgos cincelados, varoniles pero sin rudeza. No así sus ojos, que eran negros pozos de melancolía. De la imagen brotaba un aura de tristeza y soledad que inmediatamente le recordaron a Jacques, quizás eran sus ojos, que también fueron tan negros.

—Señora Blanchard, el almuerzo está servido. —la voz de la señora Moreau pareció retumbar en aquel silencio y Melissa dio un respingo. Se dio cuenta sorprendida que había perdido la noción del tiempo.

La siguió hasta el comedor.

—Señora Moreau, ¿Quién es el joven del cuadro?

— ¿Qué cuadro?

—El de la biblioteca… sobre la chimenea. –—Contesto Melissa extrañada por la respuesta.

—No estoy autorizada para contestarle señora Blanchard, el señor contestará a todas sus preguntas esta noche.

—Puede llamarme Melissa…

—No tengo con usted la suficiente confianza, y además el señor no me ha dado aun instrucciones, ni me ha confirmado que vaya usted a quedarse.

Melissa empezaba a estar harta del envaramiento de aquella mujer, ni siquiera un intento de sonrisa se había asomado a su rostro pétreo desde su llegada.

La suntuosidad del comedor la dejó perpleja, aquella estancia podía albergar fácilmente a más de cien comensales, y era desolador ver la mesa preparada sólo para ella.

— ¿Voy a comer sola?

—Hoy si. A partir de mañana, si sigue aquí, podrá hacerlo con la señorita Amélie. —Se retiró sin más explicaciones, como ya era habitual.

A Melissa se le evaporó el apetito de repente. No por tener que almorzar sola, estaba acostumbrada a la soledad y se sentía a gusto con ella. No, no era eso… era lo extraño de la situación; parecía no haber nadie en la casa, el barón de Lioncourt estaba informado de su llegada esta mañana, y sin embargo no la recibiría hasta la tarde, parecía que hasta la hora de la cena todo el mundo estaba escondido, y luego estaba la orgullosa señora Moreau que la ponía muy nerviosa.

Decidió salir al jardín a tomar el aire;  era fresco, pero estaban a finales de Mayo y el sol empezaba a calentar lo suficiente como para hacer agradable un paseo por aquel jardín sumamente cuidado y rebosante de flores multicolores. Cerró los ojos y aspiro su aroma mientras la tibieza del sol acariciaba su rostro. En aquel momento se sintió bien, mejor de lo que se había sentido en mucho tiempo.

—Buenas tardes…

Melissa dio un brinco.

—Lo siento, me temo que la he asustado… me llamo Marcel Neville soy el profesor de la señorita Amélie. —se disculpó tendiéndole la mano.

Durante unos segundos Melissa fue incapaz de articular palabra. Tenía frente a ella a un hombre terriblemente atractivo y elegante; era alto y de piel atezada, su cabello era negro y la longitud del mismo rebasaba lo que las costumbres dictaban. Desde su considerable altura, y bajo unas altas y pobladas cejas, la miraban unos ojos del color del mar profundo que suavizaban los rasgos de su viril rostro, en el que brillaba una cautivadora sonrisa.

Melissa recuperando el aplomo también tendió la mano al apuesto desconocido.

—Me llamo Melissa Blanchard…

 

17 Comentários:

Dana De Grandchester dijo...

Genial, te ha quedado súper, tu estilo es misterioso... Me encanta. :D

Mercedes Palmer dijo...

Gracias!! cuanto me alegro :D

Raquel Campos dijo...

Me ha gustado mucho el comienzo de esta historia. Escribes de una forma muy intrigante!!

Mercedes Palmer dijo...

Muchas gracias Raquel!

Aurora Salas dijo...

Mummm... dan ganas de saber más, ¿qué sigue? ¿quién será el hombre del cuadro, cómo es Amélie?
AHHHH porque son todas las propuestas tan buenas??
Está muy bien, Mercedes. Un besaso.

Mercedes Palmer dijo...

Gracias Aurora! He querido dejar dos o tres puertas abiertas. :)

Karen dijo...

Me encantó; Mercedes, como todo lo que escribes :)

Mercedes Palmer dijo...

Muchas gracias Karen, eres un encanto. Sabes que también me gusta lo que tu escribes :)

Bárbara dijo...

Vaya por Dios, una propuesta magnífica al igual que el resto, no sé si me decidiré por alguna la verdad jejeje pero me encantan y está genial cómo has descrito todo, impresionadita me has dejado :D un besito!!

Mercedes Palmer dijo...

Muchas gracias Barbara! Un beso también para ti :D

Dolores dijo...

Me gusta mucho la forma de que tienes de escribir, el misterio en cada párrafo. el comienzo es muy bueno abierto a muchas cosas como has dicho. La enamoramos del profesor, la enamoramos del señor de la casa...Ummm...

Dolores dijo...

No voy a borrar otro comentario porque mi teclado esta haciendo lo que le da la gana. así que perdonar las faltas, las palabras dobles, y las que no corresponden, jajajaj

Mercedes Palmer dijo...

Muchas gracias por tus palabras, Dolores! Y no te preocupes, que yo no vi ninguna falta ;)

Martín de Moxena dijo...

Un buen capítulo. Me gusta mucho el estilo. Me recuerda a las novelas victorianas que he estado leyendo en los últimos meses.

Mimi Romanz dijo...

Me parece muy interesante.

Mercedes Palmer dijo...

Gracias Martin y Mimi :)

María Regla Pérez García dijo...

Un capítulo que te deja haaaaa... genial, me encanta!!!

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