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Propuesta capítulo 2. Raquel Campos


El perfil de Sebastián se recortaba con los haces de luz que desprendía el fuego. Su pelo negro ondulado y algo largo, enmarcaba un rostro de rasgos duros y varoniles coronado por unos turbios y desafiantes ojos negros. Todo en él despertaba una belleza oscura y siniestra que hacia de su presencia una fuerte atracción. Notaba como su mirada la engullía, para ahogarla en un torbellino de sensaciones inexplicables y alocadas.
Los otros hombres no existían, él eclipsaba todas las miradas y acaparaba toda la atención. Uno de ellos se adelantó hasta quedar más cerca de ella. Era alto y musculoso, su rostro enjuto estaba surcado por unos ojos hundidos en sendas ojeras que afeaban mucho su apariencia.
-Señorita Lawson. Saldremos en cuanto esté lista. Sea discreta con su equipaje, debemos ir rápido y no podemos ir muy cargados.
- ¿Dónde vamos? –los tres hombres se encogieron de hombros casi a la vez, dejando así claro que no conocían la respuesta, pero el mayor de ellos respondió con educación.
- Es mejor para usted no saberlo. Solo debe percatarse de que será un viaje largo y duro –el señor Smithson era bajo y regordete, una barba espesa y tupida coronaba su rostro. Del cual Isabella pudo rescatar sus profundos y bellos ojos azules.
- Iré a preparar una bolsa –todos la miraron de nuevo.
-¿Lord St John vendrá con nosotros? –ella iba a hablar, cuando una voz fría y distante sesgó su hasta ahora silencio.
- Sí –esa rotunidad puso nerviosa a Isabella y sintió un escalofrío por todo su cuerpo. La tensión entre los presentes era palpable y deseaba escabullirse de allí.
Los hombres asintieron, conocían la fama del joven y ninguno contrarió esa rotunda orden. El padre rompió le silencio, se notaba que el hombre estaba roto por el dolor y la preocupación.
- Querida hija….hay una cosa que tu madre no te contó –la joven miró al hombre que tanto amaba con sorpresa, cuando vio que le alargaba un paquete de cartas-. En ellas encontrarás todo lo concerniente a tu destino. Lo entenderás todo –dijo esto mirando al joven St John—. Léelas por el camino.
- Ten por seguro que lo haré padre –la joven observó la amada letra de su madre, elegante, limpia y pequeña.
Subió hasta su antiguo cuarto, recordando las veces que su madre y ella leían en la cómoda habitación verde. Esos recuerdos sesgaban su corazón. Irse de esa casa había sido lo más duro que había hecho nunca, pero era necesario por su seguridad.
La primera vez que sintió una presencia tras ella, se pensó que sería un pensamiento ridículo. Pero cuando esa presencia se hizo para ella más evidente, lo comentó con la dama que le acompañaba y esta no vio nada. Pero el miedo continuó allí. Ya nada era igual, salía a la calle alerta ante el más mínimo cambio en la conducta de la gente. Era horrible vivir así. Cuando su padre se enteró por ella misma, sintió miedo ante la actitud de ese hombre siempre atento y tan cercano a todos. La envío al campo, sus tíos aguardaban su visita y ella se alejaría de la ciudad.
Todo lo que pasó después, fue como un torbellino que la engullía sin ninguna prisa y poco a poco. Nada quería recordar de lo que ocurrió. Llegó a la puerta de la habitación y la abrió, enmudeció al comprobar que todo seguía como cuando ella estaba.
El pequeño diván en el que se sentaban bajo la ventana. ¡Cuántas veces habían contemplado la lluvía y la luna desde allí! Las dos arrebujadas, la una sobre la otra y leyendo las obras de Jane Austen. La mesa de palisandro negro ocupaba casi toda la estancia, con su silla presidencial. Las notas que habían salido de esa mesa habían sido innumerables y muy diferentes. Las estanterías aun conservaban una buena cantidad de libros, las obras allí contenidas eran el resultado de años de ávida lectura. Aun recordaba cuando su padre la regañaba porque era muy tarde para que estuviera leyendo.
Ahora años después tenía que volver a abandonar esa casa a la que consideraba su hogar desde siempre. Salió de esa sala que la embargaba con sus recuerdos y se dirigió hacia el final del pasillo. Su habitación. Esa estancia que la había visto crecer de niña a mujer, donde sus ilusiones se habían destruido y sus sueños se habían roto.
Todo estaba como lo había dejado. Muchas cosas no habían viajado con ella a la campiña y las tuvo que abandonar y dejar olvidadas. Su tocador con el perfume, el secreter donde guardaba sus tesoros más ocultos para que nadie los encontrara nunca. Había ilusiones que aun conservaba indemnes, pero los años de retiro la habían endurecido y su carácter antaño dulce y agradable se había tornado triste y apagado.
A la derecha de la habitación, se encontraba su pequeño armario. Lo abrió y rebuscó hasta dar con una pequeña bolsa, sería bastante para llevar un par de mudas y algunas cosas que necesitaría en el viaje. Cuando terminó de arreglar su exiguo equipaje, se sentó sobre la preciosa cama doselada en la que había dormido desde su niñez. Todavía recordaba la suavidad de la cama y como leía tumbada encima de ella, era algo que le encantaba.
Recordó su traje de montar y se levantó para buscarlo. Tras mucho pensar, se quitó el sencillo vestido de algodón que llevaba y se puso el suave vestido que le había regalado su madre al cumplir los dieciocho años. Le gustaba como el terciopelo verde acariciaba cada una de sus curvas, dándoles forma y haciéndola más interesante y femenina. Sería un poco atrevido, pero era muy cómodo para cabalgar y más si tenían tanta prisa por llegar a no se donde. Porque pensaba montar a Black, en eso no podrían decirle que no. Su caballo iría con ella, allá donde fuera. Era su única condición.
La puerta se abrió de golpe y notó una mirada sobre su cuerpo, sin necesidad de girarse sabía quién era el intruso que se había atrevido a entrar de esas formas sin tocar la puerta.
- ¿Qué haces aquí?
- ¿Vas a ir con eso? –la joven se giró poco a poco hacia la masculina y aterciopelada voz que tanto la enervaba.
- Creo que para montar es el atuendo perfecto –el hombre enarcó una ceja, no entendía lo que quería decir.
- ¿Qué quieres decir Isabella? –oh Dios, su nombre en esos labios perfectos era puro pecado, pero no se dejó embaucar por ese encanto y se puso seria para dar evidencia a su rotunda respuesta.
- Voy a montar a Black. ¿No querrás que vaya en carruaje? No podremos avanzar tanto como a caballo –una sonrisa depredadora se asomó al rostro perfecto de ese hombre. ¿Cómo podía ser tan atractivo?
Sebastián sabía que nada podía decirle, al contrario tenía mucha razón. Con el estúpido carruaje perderían un tiempo precioso. Era lista y eso era una de las cosas que más le gustaban de ella. El viaje, iba a resultar muy interesante. Bendita la hora que decidió sumarse a ese equipo de ineptos para poder cuidar de ella. La palabra que le había dado a cierta persona era lo más importante para él en esos momentos.
- Eres una chica lista. Irás mejor a caballo –Isabella abrió los ojos con sorpresa. No pensaba que iba a darle la razón sin discutir, que era lo que hacían siempre que se veían.
- Gracias. ¿Puedes coger mi bolsa? –la mujer salió tan deprisa de la habitación que se quedó allí en medio pensando que se había vuelto muy lista. Lo había hecho adrede, distraerlo con el bolso para salir en un descuido.
A regañadientes la siguió por el pasillo, ella aferraba esas cartas a su cuerpo. Sebastián sabía que esas letras iban a ser críticas en ese viaje y en la vida de Isabella.
- ¿Llevas lo imprescindible? –ella le miró con sarcasmo.
- ¿A qué mujer conoces que pueda poner todo lo que necesita en un bolso tan pequeño?
- Sabes muy bien que no puedes ir cargada de un peso innecesario y…
- Llevo todo lo que necesito –con eso quería zanjar una conversación que lo apetecía continuar. Odiaba a ese hombre y se odiaba todavía más por lo que le hacía sentir.
No quiso enfadarla más, pero la verdad es que le gustaba cuando sus ojos chisporroteaban de furia y sus mejillas se sonrosaban un poco dando cabida a su incipiente enojo. Estaba realmente preciosa. Cuando llegaron a la sala donde había tenido lugar la charla, todos la miraron extrañados. Su padre se acercó a ella.
- Hija, ¿no habían quedado en que ibas en el carruaje?
- Padre, si hay tanta prisa será mejor ir a caballo. Sabes que soy una excelente amazona –Sebastián se había quedado un poco más atrás y tuvo que admitir que la verdad es que era una amazona increíble. Aun recordaba cuando la había visto por primera vez.
“ Su pelo ondeaba suavemente al viento mientras galopaba como si perteneciera al cuerpo del caballo, tal era su afinidad con el animal. Sus ojos verdes relucían cual esmeraldas. El caballo ejecutaba las órdenes de la joven sin ningún error. Sus saltos eran precisos, elegantes e impresionantes. Esa imagen es la que vio y la que quedó relegada en su mente, jamás había visto una joven tan bella. Luego pasó todo aquello y vio como perdía favor a ojos de ella. Su madre fue la única que le ayudó en ese momento y más tarde le dijo que todo estaba arreglado para cuando llegara la hora señalada”
- Discrepo con usted. Una dama no debe ir a caballo y más en un viaje tan largo como es el nuestro –a Isabella le consternaron las palabras. Un a figura avanzó hasta quedarse en el centro de la sala.
- La señorita Lawson monta mejor que todos vosotros juntos. Tiene todo el derecho de ir a caballo si gusta.
De nuevo la sorpresa pintó en la cara de la joven. ¿Habría cambiado en esos años fuera? Era algo que la asombraba y la dejaba en una tesitura que tendría que averiguar. Ese cambio le estaba afectando más de lo que creía y más cuando sabía que el viaje iba a ser largo y él iba a estar muy cerca de ella.
Ante la aseveración del joven, los otros se callaron y asistieron. Si él lo decía, tendría razón. Habían acordado el viaje con el señor Lawson y ya querían estar de vuelta en esa alocada misión que les esperaba.
-Entonces si está todo arreglado, debéis salir cuanto antes – Isabella miró a su padre, él sabía donde iban pero no se lo había dicho. ¿Qué ocultaba con todo eso? Apretó más las cartas contra su pecho en un acto reflejo-. Espero que mi hija este segura con vosotros y llegue sana y salva a su destino.
- No lo dude señor Lawson. Cumpliremos lo pactado con honor –el hombre asintió.
- Vayan a preparar sus caballos. Quiero estar unos minutos a solas con mi hija –cuando todos se habían marchado, el señor Lawson alzó la voz.
- ¡Sebastián! –el joven se giró hacia ellos -. A pesar de todo lo que ha pasado entre nosotros, espero que la protejas. Ella confiaba en ti, hazte merecedor de todo lo que hizo por tu persona.
- A nadie debo más que a ella, y en su nombre haré todo cuanto ha mandado. Para llegar a su hija deberán pasar por encima de mi –la vehemencia de esas palabras asustó a la joven que miraba al joven con cautela -, y eso es muy difícil.
Isabella de pronto sintió que lo que decía era verdad, y por unos instantes se sintió segura de que fuera con ella. Aunque no quería, confiaba en él para su cuidado más que en ningún otro hombre del grupo. Y eso la asustaba por momentos. No era así como se quería sentir con respecto a él. ¡Le odiaba y tenía que intentar que sintiera toda su rabia!
El viaje era largo y lo lograría, le demostraría que no le importaba nada de nada.

6 Comentários:

Rosa de los Santos dijo...

No sabia de la existencia de este blog, al cual me acabo de unir , detrás de ti Raquel . Hago el numero 22 , es un bonito numero ...
ÁNIMO , tu relato parece genial !! lo conseguirás !! besoss

Bárbara dijo...

Guau!! Totalmente diferente a lo que yo escribí pero muy intenso en cuestión de sentimientos de añoranza, me ha encantado de verdad :D besitos!!

Raquel Campos dijo...

Me alegro que os haya gustado. ¿Porqué no se ven los puntos y aparte? algo he hecho mal...

Mimi Romanz dijo...

Raquel, me gustó mucho, mucho esta segunda parte.
¿Què diràn esas cartas? Lo dejas con mucha intriga. Muy bueno. Cariños

Aurora Salas dijo...

ohhhhh, me gusta mucho, tal como te dicen, la intriga de las cartas, el viaje, los sentimientos... envuelven al lector, y dejan para imaginar. Besos guapa.

Lourdes dijo...

Que talento Raquel, me encantó. Esa contradicción de sensaciones de Isabella, los sentimientos descriptos, los personajes son muy atrapantes. Perfecto cariño. Te sigo. Besoteee

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