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NOVELA CONJUNTA: CAPÍTULO I

Con el encanto de la luna en lo alto del cielo nocturno, pintando sus pisadas de plateado, uno a uno sus pies avanzaron en la noche. El frío que se colaba entre su ropa, la hacía tiritar y ajustando más la capa a su cuerpo, abrigándolo, apuró el paso para llegar a su destino.

El camino era difícil de transitar, un sinfín de pequeñas piedras una a lado de otra hacían la vez de vereda, pero su andar, rápido y tembloroso, la hacía trastabillar en más de una ocasión. Maldijo una y mil veces en silencio y avanzó raudamente intentando ganarle a las nubes antes de que cubrieran con su manto a aquella esfera que le brindaba claridad.

A su paso, las casas pasaban por su lado como imágenes sobre una revista acariciada por el viento, una y otra vez, hasta que se detuvo. Apenas levantó la cabeza para verificar el número en una de ellas: 257. Exactamente esos. Su explicación tenía dichos dígitos, y aunque su mente se negara a reconocerlo, sabía que ella era parte fundamental de ellos.

Apoyando su mano en el frío hierro forjado que delineaba los barrotes de la reja de entrada, empujó apenas la misma. El chirrido que ésta hizo, retumbó en el silencio de la noche, ya oscura y espesa. La niebla envolvió sus pies y una vez más, maldijo al sentir la humedad que invadía sus piernas. En el apuro por salir, los pantalones de lino, las finas medias y las botas media caña que se había calzado no eran suficientes para mantenerla en calor.  Avanzando lentamente y por instinto recorrió el último tramo antes de adentrarse en la imponente mansión.

Un edificio antiguo para la época en la que se encontraba, pero que mantenía la naturalidad y cuidado para que su estructura fuera firme y majestuosa. Respiró profundamente antes de comenzar a subir la escalinata que la separaba del ingreso al mismo, ya que las dos enormes aves talladas en piedra que custodiaban cada lado de los barandales de la misma, la observaron detenidamente anunciando su presencia.

La pesada puerta de madera se abrió sigilosamente conforme ella daba un paso tras otro. Una vez más admiró los dibujos esculpidos en la misma. El detalle, el color y la precisión en la confección de ellos la hicieron perderse en esos recovecos. Reconocía cada rama de los árboles, cada animal, cada lugar de esa imagen impresa. Ya había estado allí. Lo sabía, todo su cuerpo se lo decía.

Meneó la cabeza para volver a la realidad que la aguardaba. El salón principal apareció ante sus ojos, grandioso y luminoso. Apenas escuchaba el crepitar de las velas dispuestas en las arañas y un escalofrío le recorrió la espalda al ver en lo alto de la escalinata a quien la estaba esperando. Se irguió cuan alta era, tirando tras de sí, la capucha que le cubría su cobriza cabellera y los rizos que habían quedado atrapados en ella cayeron sedosos sobre sus hombros. Se detuvo a unos pasos antes de emprender la subida, sus ojos, tan cristalinos y verdosos como el césped de un día primaveral, se clavaron en los azules y profundos como el mar de quien la observaba en lo alto.

Las palabras volaron en el inmenso salón, rebotando en las paredes y haciendo que las cortinas bailaran con su canto, emitiendo destellos cuando la luz las iluminaba, para luego llegar a sus oídos dulcemente. Cerró los ojos, sintiendo como ellas recorrían todo su ser. Subió en silencio y se paró frente a ese rostro que había extrañado tanto.
- Padre – dijo en un tono apenas perceptible. Sentía la garganta seca y tragó saliva para darle humedad.

- Mi niña – respondió él al tiempo que se acercaba para abrazarla – creí que no vendrías -

Isabella lo miró confundida - ¿Por qué lo dices, padre? Sabes que no podría romper la promesa que le hice a mi madre. Aquí estoy, ya ves, aunque reniegue de ello, sé cuán importante es para ti, para todos – se separó del abrazo y se puso a su lado, emprendiendo juntos el trayecto por el largo pasillo hasta llegar a la habitación donde los estaban aguardando.

Antes de ingresar su padre volvió a hablarle – Hija, debo decirte algo antes de que enfrentes tu destino – la miró con algo de preocupación en su mirada e Isabella intuyó que lo que él expresaría era aquello que no quería aceptar, pero que debía cumplir – Sé que sabes quiénes están allí dentro – señaló la última de tres puertas ubicadas en hileras y ella asintió – pero hay alguien más a quien no deseamos encontrar allí, sin embargo está y aunque dudo de si conoces la razón de ello, debo pedirte por el bien de todos, que hagas uso de la inmensa paciencia que has heredado de tu madre – su mirada era suplicante y ella sintió que su cuerpo no le respondería al pensar quien era.

Sus recuerdos la llevaron unos años atrás, cuando cabalgaba por el campo, libre, sintiendo el viento danzar entre sus cabellos, acariciándole el rostro en un tierno gesto de amistad. Su andar la hacía ir a una velocidad rápida, intrépida, esquivando con agilidad, troncos y ramas caídas, trotando al unísono, siendo, animal y jinete, uno solo. Así se sentía. Como si los pies de su fiel corcel fueran los suyos, rozando el césped bajo cada pisada, dejando marcas en la tierra tras su paso.

Feliz, alegre y vivaz. Hasta que él se topó en su camino. Todo su mundo se detuvo al instante y la unión que estaba sintiendo se evaporó de su ser a tal punto que casi cae del caballo, si no fuera porque el animal también lo sintió. Un gélido estremecimiento le recorrió la espina dorsal y se irguió sobre el lomo de Black, haciéndolo retroceder sigilosamente. Sin embargo éste no lo hizo y notó como Sebastián avanzaba raudamente hacia ella.

Lo detestaba, claro que lo hacía, como todos y cada uno de los que formaban parte de su familia. Sin embargo, su corazón no entendía y su cuerpo parecía no ser de ella estando frente a él, cuando las órdenes que le indicaba que hiciera quedaban en el olvido.

- Vete, por favor– le suplicó – Déjame en paz -

- Sabes que no lo haré – le respondió él acercando su mano al hocico del animal para entregarle dos deliciosas manzanas. Traicionándola, su corcel no parecía serle tan fiel ya que había aceptado gustoso lo que él le ofrecía, dejándolo también acariciarle su lomo. Ni se miraron, ella mantenía la vista fija en el horizonte y él sobre el caballo – No puedo hacerlo. Conoces bien tu destino, el cual está muy ligado con el… -

- ¡Calla! No lo digas, no quiero escucharlo – sentía las lágrimas arder en sus ojos y pestañeó varias veces para evitar que salieran. Tiró de las riendas instando a Black a ponerse nuevamente en marcha. Éste relinchó y apenas si se movió. “Por favor” suplicó Isabella en su interior “Avanza”. La mano de Sebastián rozó la pierna de ella cuando el animal así lo hizo y un estremecimiento aún mayor la recorrió de pies a cabeza. Las lágrimas recorrieron sus mejillas, ya no las podía controlar, y las palabras salieron de su boca en un apenas perceptible susurro – No romperé la promesa que le hice a mi madre, de ello puedes estar seguro, pero hasta tanto no llegue el momento, no deseo verte, ni escucharte, ni nada que tenga que ver con tu ser – se alejó no tan rápido como hubiera querido, Black parecía no llevarle el apunte, por lo que pudo oír las palabras que le llegaron a continuación.
- Muy a tu pesar, me verás, una y otra vez, porque así lo ha decidido ella – Isabella detuvo el caballo, pasó su pierna por encima del lomo de Black y bajó ágilmente, dando grandes pasos hasta encontrarse frente a él. La furia en su mirada había evaporado las lágrimas y sentía la sequedad salada que había quedado sobre sus mejillas.

- Jamás hables de ella, no tienes el derecho de hacerlo, ni hoy, ni nunca. Su nombre en tu boca es insulto para mi familia y no voy a permitirlo. Cuídate de lo que dices, de lo que tu cabeza de chorlito expresa, porque si de algo puedes estar seguro es de saber que yo no me quedaré de brazos cruzados la próxima vez en que lo hagas – giró para volver a su caballo, pero él la atrapó entre sus brazos – Suéltame – le ordenó fulminándolo con la mirada y éste la acercó aún más contra sí – ¡Maldito seas, Sebastián! – expresó en vano ella, porque podía sentir cómo su cuerpo comenzaba a no responderle.

- TU MADRE – dijo haciendo énfasis en las palabras y respondiéndole con la mirada de la misma forma en que lo hiciera ella – fue la única mujer que no me dio la espalda cuando todos los demás lo hicieron, que me curó a escondidas, que me protegió cuando nadie más quiso hacerlo. TU MADRE, era más inteligente, más intuitiva y más perspicaz de lo que todos creen. TU MADRE, ha sido también MI MADRE, aunque su sangre no corra por mis venas como lo hace por las tuyas – recorrió con sus dedos una de las líneas verdosas sobre el brazo de ésta, y el corazón de Isabella latió frenético en su pecho haciendo más notoria la misma. Sebastián acercó, entonces, su boca al oído de ella, susurrándole – por lo que el derecho de hablar de ella, lo es para mí tanto como lo es para ti – y al sentir ella su cálido aliento recorrerle la oreja, su cuerpo terminó por perderse entre los brazos de él.

Sebastián apenas la separó para verla. Isabella mantenía los ojos cerrados y las lágrimas volvieron a hacerse presentes sobre sus mejillas, él acercó su mano hasta allí, acariciándola tiernamente. ¿Cuánto sabía ella de su destino, cuánto le había contado su madre al respecto? ¿Y por qué reaccionaba enfrentándolo, enojándose, cuando todo su cuerpo le pedía a gritos que se entregara a él?

 – Dime, Isabella, - le susurró suavemente cerca de su boca - ¿por qué me rehuyes, por qué me haces frente siendo que te siento tan mía? – rozó apenas sus labios por sobre los de ella.

- No lo sé – le respondió entre sollozos y volvió a suplicarle para que la soltara. Así lo hizo él y ella pareció no reaccionar. Cuando así lo hizo, se encontraba sola, con Black pastando a su lado y con la fría noche cubriéndola con su oscuridad.

Su padre le tocó el brazo, volviéndola a la realidad – Ya es hora – le dijo y puso su mano sobre el picaporte de la puerta, abriéndola y dándole paso. La habitación seguía siendo tan hermosa como la recordaba, dos sillones en tonos bordó se ubicaban a cada lado de las paredes laterales del recinto, con algunas sillas victorianas a sus costados, y en el fondo un escritorio con patas torneadas y su silla haciendo juego. Una ventana apenas cubierta por finas sedas que caían desde lo alto, dejaban pasar la brisa de la noche. La araña en lo alto del techo iluminaba cada uno de los rostros que allí se ubicaban. Cinco, más precisamente, cinco hombres que la acompañarían en su viaje, que la defenderían de los siete que la buscarían.

Y uno más que no quería ver, pero que sabía estaba ahí, observándola, esperándola.

1 Comentário:

Aurora Salas dijo...
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